miércoles, 20 de marzo de 2013

Unos rayos de sol

Despertó con la luz que invadía aquella habitación, la cuál había pasado a formar parte de ella. Notaba algo diferente en esa mañana de una tímida primavera que se asomaba por la puerta, quedándose educadamente en el marco. No le pesaban los años, ni los errores. Sentía su espalda ligera de cargas, como cuando años atrás llegaba del colegio y aliviada se desprendía de la mochila cargada de libros. Se incorporó en la suave cama envuelta de sábanas que acariciaban cuidadosas su piel. Miró hacia el suelo y observó sus pies desnudos. Se incorporó viéndose reflejada en el espejo de enfrente el cuál sin piedad la escupía quien era. Pero sintió una extraña sensación y entonces sonrió. Sin saber por qué le gustaba aquello que observaba. Comenzó a apreciar las marcas de su cara, anhelante del placentero sueño del que acababa de despertar. Las marcas de su vida, esas que siempre la iban a acompañar. Y se dio cuenta de que después de todo, sentía su corazón latir con fuerza, pidiéndola una nueva guerra. Volvió a detenerse fijamente en lo que aquel cristal la ofrecía y recordó tantas de las cosas que habían pasado en su vida. Todas habían ayudado a esculpir aquel rostro. Es tan difícil no construirse a través de los recuerdos. Pero de pronto los rayos comenzaron a irrumpir en la estancia, alcanzando la mitad de su cara. Ella brillaba. Sentía la energía del sol y la suya propia fundiéndose, recobrando más vida. Observó por última vez su reflejo envuelto en el halo mágico de la tan necesaria estrella incandescente, y advirtió algo: le gustaba quien era.

©SandraLópezOrtiz_uca

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