domingo, 9 de septiembre de 2012

De frío y calor


Ella salió al balcón. Sentía el frío que recorría su cuerpo erizando el suave bello que cubría su ahora fría carne. Pero el aire era templado, bastante agradable. Es cuando supo entonces que su temperatura era fruto de su alma y no de una cuestión metereológica.

Cuanto humedece los huesos la soledad. Mucho más que una lluviosa tarde de invierno. Primero va calando poco a poco lo superficial, viéndose reflejado a simple vista, en el simple cuerpo. Después penetra con furia hasta el más profundo interior. Y es cuando más mojada se siente. Cuando la invade el tremendo e implacable frío.

Cerró los ojos con el inconsciente y equívoco deseo de retroceder en el tiempo y que sus manos, las de él, la asustaran al tocarla rodeándola con ellas, proporcionándole esa añorada protección corporal. Sería un travieso susto precedido por la calma, aquella que tanto deseaba.

Pero abrió los ojos y todo seguía igual. Que ilusos son los humanos cuando desean algo. Aunque en el fondo no sabía muy bien si deseaba aquello. Solo quería sentir calor. Ganarle el pulso al frío y a aquella jodida humedad que calaba tan hondo.

Accedió al cuarto con un suspiro cayéndose por la aterciopelada alfombra. Y sintió en su desnuda espalda, esta vez sí, la fresca brisa del atardecer. Su piel volvió a erizarse. Abrió el cajón más alto de aquel armario impoluto, y fría e irónicamente pensó: “a falta de manos buenas son las mantas”.

©SandraLópezOrtiz_uca

No hay comentarios:

Publicar un comentario